jueves, 13 de mayo de 2010

EL CRISTIANISMO COMO RELIGION REVELADA.

En la religión cristiana se da el encuentro definitivo del hombre con Dios, porque Dios se ha hecho hombre. Si Dios habla al hombre de sí mismo, entonces el hombre podrá conocerle mejor. También podrá, en consecuencia, hablar mejor acerca de Dios, proclamando y profesando la fe en lo que Dios le ha dicho acerca de sí mismo y del universo. Por su propia dignidad, todos los hombres, en cuanto son personas, esto es, dotados de inteligencia y voluntad libre y, por ello, dotados de responsabilidad personal, se sienten movidos por su propia naturaleza y por obligación moral a buscar la verdad, en primer lugar la que corresponde a la religión. El hombre, con su inteligencia, trata de comprender el mundo que le rodea, es decir, busca la verdad. Desea saber lo más posible acerca del mundo y de sí mismo. Lleva impresa en su alma una tendencia a saber las verdades más profundas. Son éstas las que se refieren al origen del mundo y del hombre, a su fin y, en definitiva, a su Creador. Pero así como puede el hombre conocer verdades con su inteligencia, también puede comunicárselas, por medio del lenguaje, a los demás hombres, que también son inteligentes. Nada impide que el Creador se comunique con el hombre y le revele o descubra verdades, utilizando el lenguaje del propio hombre. Estas verdades pueden ser: tanto aquellas que el hombre podía conocer con su inteligencia (verdades naturales), como otras que le superan, pero cuyo conocimiento es beneficioso para él y, por eso, Dios se las transmite (verdades llamadas sobrenaturales). Manifestación, en hechos y en palabras, que Dios hace de sí mismo y de sus planes de salvación para con los hombres: Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos y trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía. La revelación de Dios se lleva a cabo plenamente en Jesucristo. Comenzó con las primeras comunicaciones proféticas de la palabra divina en la Antigua Alianza y objetivamente ha acabado con la muerte del último apóstol. Sin embargo, la explicación o explicitación de lo que Dios ha revelado sigue haciéndose en la Iglesia a medida de las necesidades vivas que el desarrollo de la misma comunidad creyente hace aparecer. Fe es creer algo a alguien. Se cree porque se fía uno de ese alguien y se está cierto, seguro, de aquello que le dice el otro, aunque no lo haya visto. En la vida de cada día estamos constantemente teniendo fe en los demás. Nadie, por ejemplo, se subiría en un avión si no confiara en el piloto, que le va a llevar a un lugar determinado y no le va a estrellar contra el suelo. Cuando el hombre asiente a unas verdades, no porque las adquiera con su inteligencia, sino porque se fía de la palabra de Dios, tiene fe religiosa o fe en Dios. Y aunque no comprenda esas verdades más que en una pequeña medida, la sabiduría sin límites del Creador le hace asentir a ellas con más fuerza que a las que él mismo adquiere con su esfuerzo. Toda profesión de fe es una comunicación a los demás de lo que se cree. También pueden varios hombres juntos confesar esa fe y proclamarla. Es lo que hacemos cuando juntos rezamos el Padrenuestro. El 7 de junio de 1981, el Papa Juan Pablo 11 quiso rezar el Credo de Nicea-Constantinopla en San Pedro del Vaticano junto con los representantes de otras confesiones cristianas no católicas. La enseñanza del Concilio Constantinopolitano 1 -decía el Papa- es todavía hoy la expresión de la única fe común de la Iglesia y de todo el Cristianismo. Confesando esta fe -como -hacemos cada vez que recitamos el Credo- y reviviéndola en la próxima conmemoración centenaria, queremos poner de relieve lo que nos une con todos nuestros hermanos, a pesar de las divisiones que han surgido a lo largo de los siglos. (Carta de 25-11-81). Al profesar la fe, el hombre da testimonio ante los demás de su creencia. El testimonio perfecto será el de quien cumple con sus obras lo que expresa en las palabras. El creyente, al confesar y proclamar la fe, convoca a los demás, les invita a que crean lo que él cree. FE: Ante todo es la plena aceptación de Dios, tal como El se nos revela o da a conocer. Esta actitud de fe se caracteriza por la confianza en Dios y por una-adhesión personal a Cristo revelador del Padre y Salvador de los hombres. Aceptar a Cristo quiere decir aceptar su Evangelio, sus enseñanzas y vivir según su Espíritu, en comunión con ¡la fe de la Iglesia. (C.v.e., p. 300) «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Jn. 17, 3).

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